Para ponerle un título extra que corte con algo.
[Como cuando comés una papa frita después de dos porciones de Marquise au Chocolat]
Porque la Cin dice que tienen memoria.
[Mi panza también]
Y Pei dijo que ocho meses no es nada.
[Tengo mis dudas todavía]
Y en fin, porque aquí está, como la escribí en diciembre -gracias a Lucas que me impulsó- y como se publicó en la página web de la Revista Diccionario:
L de Lujuria
El cielo y la tierra parecen habitar en su torso desnudo, sereno. Recostada sobre su pecho me pierdo en su respiración pausada, profunda. El aire parece danzar al salir de su boca apenas entreabierta. A través de él me sigue acariciando, ahora dormido, sin siquiera sospecharlo. Mi piel vuelve a estremecerse. Nadie más genera esto en mí. El eco de sus dedos sigue resonando en mi superficie, en esa suerte de plegaria que ha dibujado a los dioses del placer.
Pienso que de alguna forma lo que nos acaba de pasar es totalmente nuevo para los dos. Para nosotros que tantas otras veces antes nos miramos sin vernos y nos tocamos sin sentirnos; para nosotros que jugábamos a ser en vez de permitirnos sencillamente ser. Pienso que de alguna manera, el de recién fue nuestro primer, verdadero, Encuentro. Me conmueve la idea. Nos pudimos encontrar entre los dos porque antes encontramos algo separados. Algo que en realidad nunca perdimos, pero casi habíamos olvidado.
Siento que quisiera quedarme en su refugio cálido por toda la eternidad, y comprendo que en este instante es y reside toda la eternidad.
Todo comienza a desvanecerse mágicamente a mi alrededor. No hay espacio ni tiempo ni barreras que vencer. Somos nosotros y somos otros. Nos abandonamos a lo que hacemos y nos rescatamos en lo que hacemos. Somos pura sensación.
Somos tierra esperando la siembra. Suelo sabio, sereno, consciente de la potencialidad, de la fecundidad. Somos savia fluyendo por los árboles, y somos esos mismos árboles. Sus raíces, sus hojas, sus frutos maduros. Somos tentación y nos rendimos a ella.
Nos volvemos fuego ardiendo majestuoso y soberbio. Somos madera abrasada, oxígeno consumiéndose, chispas que bailan en la noche oscura, cenizas. Y somos el viento que aviva ese fuego. Dos ráfagas frescas que corren, se rozan, se frotan. Chocamos y nos fundimos en el choque. Ya no luchamos, no negociamos. Nos reímos, nos abrazamos, temblamos, vibramos. Nos dejamos influir, fluir. Nos dejamos transformar, por el otro, con el otro.
Y justo entonces, somos cielo oscuro, tormenta intensa que se desata en el mar, relámpagos, truenos, olas agitadas. Ya no tenemos dirección ni buscamos sentido. Hemos soltado el timón, la brújula, el norte, las constelaciones que nos guiaban. Vamos a naufragar... y lo hacemos. Hemos aprendido a naufragar, despertar y volver a naufragar.
pd: puedo acotar algo? la narradora soñaba, no veía, soñaba...